lunes, 9 de abril de 2012

-Aflicción y angustia en las familias


En la aflicción y la dificultad, no estamos solos; la familia no está sola: Jesús está presente con su amor, la sostiene con su gracia y le da la fuerza para seguir adelante, para afrontar los sacrificios y superar todo obstáculo. Y es a este amor de Cristo al que debemos acudir cuando las vicisitudes humanas y las dificultades amenazan con herir la unidad de nuestra vida y de la familia. El misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo alienta a seguir adelante con esperanza: la estación del dolor y de la prueba, si la vivimos con Cristo, con fe en él, encierra ya la luz de la resurrección, la vida nueva del mundo resucitado, la pascua de cada hombre que cree en su Palabra.
Recordemos en la meditación, la oración y el canto, el camino de Jesús en la vía de la cruz: una vía que parecía sin salida y que, sin embargo, ha cambiado la vida y la historia del hombre, ha abierto el paso hacia los «cielos nuevos y la tierra nueva» (Ap 21,1). Especialmente el Viernes Santo, la Iglesia celebra con íntima devoción espiritual la memoria de la muerte en cruz del Hijo de Dios y, en su cruz, ve el árbol de la vida, fecundo de una nueva esperanza.
La experiencia del sufrimiento y de la cruz marca la humanidad, marca incluso la familia; cuántas veces el camino se hace fatigoso y difícil. Incomprensiones, divisiones, preocupaciones por el futuro de los hijos, enfermedades, dificultades de diverso tipo. En nuestro tiempo, además, la situación de muchas familias se ve agravada por la precariedad del trabajo y por otros efectos negativos de la crisis económica. El camino del Via Crucis es una invitación para todos nosotros, y especialmente para las familias, a contemplar a Cristo crucificado para tener la fuerza de ir más allá de las dificultades. La cruz de Jesús es el signo supremo del amor de Dios para cada hombre, la respuesta sobreabundante a la necesidad que tiene toda persona de ser amada. Cuando nos encontramos en la prueba, cuando nuestras familias deben afrontar el dolor, la tribulación, miremos a la cruz de Cristo: allí encontramos el valor y la fuerza para seguir caminando; allí podemos repetir con firme esperanza las palabras de san Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?: ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?... Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado» (Rm 8,35.37).
En la aflicción y la dificultad, no estamos solos; la familia no está sola: Jesús está presente con su amor, la sostiene con su gracia y le da la fuerza para seguir adelante, para afrontar los sacrificios y superar todo obstáculo. Y es a este amor de Cristo al que debemos acudir cuando las vicisitudes humanas y las dificultades amenazan con herir la unidad de nuestra vida y de la familia. El misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo alienta a seguir adelante con esperanza: la estación del dolor y de la prueba, si la vivimos con Cristo, con fe en él, encierra ya la luz de la resurrección, la vida nueva del mundo resucitado, la pascua de cada hombre que cree en su Palabra.
En aquel hombre crucificado, que es el Hijo de Dios, incluso la muerte misma adquiere un nuevo significado y orientación, es rescatada y vencida, es el paso hacia la nueva vida: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).
Encomendémonos a la Madre de Cristo. A ella, que ha acompañado a su Hijo por la vía dolorosa. Que ella, que estaba junto a la cruz en la hora de su muerte, que ha alentado a la Iglesia desde su nacimiento para que viva la presencia del Señor, dirija nuestros corazones, los corazones de todas las familias a través del inmenso misterio de pasión hacia el misterio de pascua, hacia aquella luz que prorrumpe de la Resurrección de Cristo y muestra el triunfo definitivo del amor, de la alegría, de la vida, sobre el mal, el sufrimiento, la muerte.
Benedicto XVI- Vía Crucis 2012

-Cristo entra en el vacio y nos libera


«Mirarán al que traspasaron»
Él entró en un vacío que nosotros somos incapaces de colmar; lo hizo para quitarnos nuestros pecados a fin de que quedásemos libres y reconciliados.
Contemplar el rostro de Cristo. Estos días nos acercan «al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la Cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración. Pasa ante nuestra mirada la intensidad de la escena de la agonía en el huerto de los Olivos. Jesús, abrumado por la previsión de la prueba que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su habitual y tierna expresión de confianza: «¡Abba, Padre!» Le pide que le aleje de Él, si es posible, la copa del sufrimiento. Pero el Padre parece que no quiere escuchar la voz del Hijo. Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del «rostro» del pecado. «Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él». Nunca acabaremos de conocer la profundidad de este misterio. Es toda la aspereza de esta paradoja la que emerge en el grito de dolor, aparentemente desesperado, que Jesús da en la Cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» «¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor una oscuridad más densa?» (Juan Pablo II).
Miremos y contemplemos a Jesucristo en su pasión. Mirémosle y contemplémosle en aquellas horas amargas, las más decisivas de la historia de la humanidad. Al final de esta contemplación, escuchémosle una vez más, aprendamos de Él. Quien le ve suspendido de la Cruz ve al Padre. Su rostro escarnecido, su santa faz que no parecía de hombre pues tan desfigurada estaba, sus espaldas heridas por los azotes, sus rodillas sangrantes por las caídas, sus sienes manantes de sangre, sus manos y sus pies taladrados, su pecho traspasado, su despojo, su desnudez, ese condenado en medio de otros dos condenados, ése es el Predilecto del Padre, ése es la Palabra única de Dios, ése es su única imagen. Miradlo ahí, clavado y suspendido del leño; miradlo como cordero degollado; miradlo ensangrentado y exangüe; miradlo agonizando y abandonado de los hombres; miradlo con el costado abierto; mirad sus heridas, su soledad, su sed y su inmenso dolor. Y todo ello por nosotros. ¿Hay acaso un amor más grande? «Verdaderamente este Hombre era Hijo de Dios», dijo el centurión. «Verdaderamente este Hombre era, es el Hijo único de Dios», decimos también nosotros al contemplarlo en su silencio de la cruz donde nos lo dice todo. Ahí nos revela todo el secreto de su persona y de su vida, ahí nos desvela el secreto de Dios: el secreto de un amor infinito que se entrega todo por nosotros para que tengamos vida plena y eterna. Y ahí está el hombre, que sufriente, maltratado por el pecado, es así amado, hasta el extremo.
Había ya expirado. Todo estaba cumplido. Uno de los soldados con su lanza le abrió el costado, de donde brotó sangre y agua. Desde entonces, ya dos mil años, todos miran al que traspasaron. ¿Por qué? ¿Por qué recordamos esta muerte? Ninguna muerte ha influido en la historia de la humanidad, hasta hoy, como la de Jesús, crucificado por rebelde y pretendiente mesiánico, por decirse y ser Hijo único de Dios, a las puertas de Jerusalén, hacia el año 30 de nuestra era.
Cientos de judíos fueron crucificados por los prefectos y los posteriores procuradores romanos en los sesenta años desde que Judea fue convertida en provincia romana, hasta el fin de la revuelta judía con la destrucción del Templo. Estos centenares de judíos han sido olvidados; sólo Jesús, entre ellos, ha superado el olvido. La noticia de su muerte no sólo se ha extendido por todas partes; la muerte de este judío por el suplicio espantoso e infamante de la crucifixión se ha convertido en el centro del mensaje y acontecimiento cristiano de salvación universal. Dios entregó a su propio Hijo a la muerte por nosotros. Dios asume libremente por amor el extrañamiento, la enajenación, la humillación y el sufrimiento de Jesús.
Murió por nuestros pecados. Esto quiere decir que nuestros pecados, la lejanía de Dios causada por nuestra culpa, fue la causa primera por la que el Mesías debió sufrir y morir. Él entró en un vacío que nosotros somos incapaces de colmar; lo hizo para quitarnos nuestros pecados a fin de que quedásemos libres y reconciliados. Lo que le es imposible al hombre, por mucho que se esfuerce, lo logra la muerte del Señor.
El Mesías murió por nuestros pecados. Pero, ¿cómo tuvo que suceder esto? A esta inquietante pregunta el mensaje cristiano ha respondido siempre que Dios entregó a su Hijo Jesús a la muerte en favor de nuestra salvación y liberación. A la inquietante pregunta responde el mensaje, la revelación cristiana con una respuesta aún más inquietante: el incomprensible amor santo de Dios.
Nuestra salvación procede de la iniciativa del amor de Dios hacia nosotros porque «Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados». «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo». La redención y salvación de la Cruz radica en que Cristo nos ha amado en ella hasta el extremo, ha dado su vida en rescate por muchos. Del Crucificado mana esa fuente de agua purificadora que da la vida y de esa sangre que es reconciliación y alianza definitiva de Dios con los hombres. ¿Quién podrá apartarnos de este amor de Dios manifestado y entregado en Cristo? Miremos, una vez más, en esta Semana Santa a Cristo crucificado y veremos la gloria de Dios. Puesto que la gloria de Dios es que el hombre viva, que el hombre se salve, que el hombre, todo hombre querido por Él, sea arrancado de los poderes del pecado y de la muerte. Su gloria es su amor. Y ese amor es su Hijo único en persona, entregado por nosotros.
+Cardenal Antonio Cañizares

-Cristianos y judios juntos celebramos Pascua

Este año cristianos y judíos conmemoramos el mismo día la crucifixión de Jesús

¿El 14 de Nisán este año es el día cinco de abril de 2012, contando desde el anochecer, sería exactamente el 14 de Nisan, dia la muerte de Jesucristo?

Si, hoy, 6 de abril de 2012 en el calendario gregoriano que seguimos los cristianos es, también, 14 de nisán de 5772 en el calendario que siguen los hebreos(1), y efectivamente, un 14 de nisán fue crucificado Jesús.

 Que ello es así lo sabemos gracias al evangelista Juan que lo aclara muchas veces. Sólo a modo de ejemplo, donde afirma que cuando “José de Arimatea [...] pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús [y darle sepultura], era el día de la Preparación de los judíos” (Jn. 19, 38-42), es decir, el día previo a la pascua. O dicho de otra manera, aquél en cuya noche celebraban los judíos, y aún hoy celebran, la cena pascual, en definitiva, el 14 de Nisán.

Todo esto dicho, la coincidencia del viernes santo cristiano con el 14 de nisán hebreo es absolutamente excepcional, y ello por dos razones. En primer lugar, la pascua móvil que celebramos actualmente en función de la luna llena pascual subsiguiente al equinoccio de primavera. Y en segundo lugar, por la naturaleza totalmente diferente de un calendario, el cristiano-gregoriano, estrictamente solar, y el otro, el hebreo, que podemos definir como lunisolar, esto es, básicamente lunar aunque con reglas para acomodar el año al ciclo solar. Dos calendarios en los que el año tiene distinta duración y en los que, consecuentemente, no existe una correlación fija entre sus fechas.

Por poner colofón al tema: como el viernes santo, día en el que los cristianos conmemoramos la crucifixión de Jesús, puede caer entre el 20 de marzo y el 23 de abril, es decir en un ámbito de 35 días, la probabilidad de que coincida con el 14 de nisán en que tuvo lugar en el calendario judío es de apenas 1 entre 35. Una probabilidad pequeña, qué duda cabe, pero no nula, según demuestra lo ocurrido este año.

                (1) desde que anochezca, porque por la diferente manera de computar los días entre los judíos, el 14 de Nisán comenzará al acontecer el ocaso de nuestro 5 de abril, lo que quiere decir que parte de nuestro día 5 también será 14 de Nisán, como parte de nuestro 6 de abril, desde que anochezca, será ya 15 de Nisán.

jueves, 29 de marzo de 2012

-Anunciar la belleza y bondad de Cristo


El Papa acaba de decir esto…"Vale la pena dedicar toda la vida a Cristo, crecer cada día en su amistad y sentirse llamado a anunciar la belleza y bondad de su vida a todos los hombres, nuestros hermanos. Les aliento en su tarea de sembrar el mundo con la Palabra de Dios y de ofrecer a todos el alimento verdadero del cuerpo de Cristo. Cercana ya la Pascua, decidámonos sin miedos ni complejos a seguir a Jesús en su camino hacia la cruz. Aceptemos con paciencia y fe cualquier contrariedad o aflicción, con la convicción de que, en su resurrección, Él ha derrotado el poder del mal que todo lo oscurece, y ha hecho amanecer un mundo nuevo, el mundo de Dios, de la luz, de la verdad y la alegría. El Señor no dejará de bendecir con frutos abundantes la generosidad de su entrega.
La Virgen María, por su papel insustituible en el misterio de Cristo, representa la imagen y el modelo de la Iglesia. También la Iglesia, al igual que hizo la Madre de Cristo, está llamada a acoger en sí el misterio de Dios que viene a habitar en ella. Queridos hermanos, sé con cuánto esfuerzo, audacia y abnegación trabajan cada día para que, en las circunstancias concretas de su País, y en este tiempo de la historia, la Iglesia refleje cada vez más su verdadero rostro como lugar en el que Dios se acerca y encuentra con los hombres. La Iglesia, cuerpo vivo de Cristo, tiene la misión de prolongar en la tierra la presencia salvífica de Dios, de abrir el mundo a algo más grande que sí mismo, al amor y la luz de Dios.
El misterio de la encarnación, en el que Dios se hace cercano a nosotros, nos muestra también la dignidad incomparable de toda vida humana. Por eso, en su proyecto de amor, desde la creación, Dios ha encomendado a la familia fundada en el matrimonio la altísima misión de ser célula fundamental de la sociedad y verdadera Iglesia doméstica. Con esta certeza, ustedes, queridos esposos, han de ser, de modo especial para sus hijos, signo real y visible del amor de Cristo por la Iglesia. El mundo tiene necesidad del testimonio de su fidelidad, de su unidad, de su capacidad de acoger la vida humana, especialmente la más indefensa y necesitada…."
26/3/2012 Benedicto XVI en la Misa de Cuba

-Una época nueva tras la crisis

Las cosas no pueden seguir igual: no puede continuar la quiebra antropológica y moral que ha dado origen y lugar a esta crisis
 Con Jesucristo, y como Pedro y Pablo, entonces, y hoy, sin ir más lejos, como Benedicto XVI, por ejemplo en México y Cuba, también nosotros, los cristianos, estamos para eso: para anunciar el Evangelio, para darlo a conocer, para evangelizar. Evangelizar no es algo potestativo que se hace o no se hace, que da lo mismo hacerlo que no hacerlo. Es nuestra dicha y nuestra identidad más profunda, nuestra aportación mayor y más decisiva. Como la Iglesia, los cristianos en ella y como ella, existimos para evangelizar. Hoy nos apremia evangelizar.
El mundo necesita el Evangelio. Necesita a Jesucristo. Como se nos dice gráficamente en uno de los pasajes de los Evangelios: «La población entera se agolpaba a la puerta», donde estaba Jesús curando. «Todo el mundo te busca», añade el mismo pasaje; también hoy. No podemos quedarnos impasibles ante esa búsqueda, a veces no consciente siquiera, pero real, que está en todo hombre de tantas maneras y dispares situaciones, también en los que se han alejado de la fe, en los que no creen, en los que padecen la quiebra de humanidad o el vacío del sin sentido, en los que sufren el desamor, la injusticia u olvido de los hombres que pasan de largo ante sus propias necesidades y lamentos o que los miran con intereses ajenos a esos lamentos y dolores. Una búsqueda y petición nos grita, con verdadero clamor y fuerza, hoy, a los cristianos, por débiles que seamos: ¡Ayudadnos!
Vivimos tiempos «recios». Fácilmente nos lamentamos de ellos. Con una naturalidad pasmosa buscamos culpables o creemos que nada puede hacerse para cambiar la situación difícil, muy difícil, que atravesamos; o buscamos las soluciones donde no se pueden encontrar. Vivimos una sociedad en la que hay una cultura dominante regida por la secularización, o por la increencia, en la que Dios cuenta poco o nada, con graves consecuencias para el hombre, con la repercusión y caída en una profunda quiebra de humanidad. No hay mayor mal que el olvido de Dios, no hay mayor indigencia que el no tener a Dios, el mundo se aboca al fracaso si se olvida de Dios. Sí, nos apremia por eso, evangelizar. No podemos quedarnos impasibles ante ese porcentaje no bajo de los jóvenes españoles que dicen no creer en nada.
Vivimos en una sociedad típicamente pagana. Lo que en estos momentos está en juego es la manera de entender la vida, con Dios o sin Dios, con esperanza de vida eterna o sin más horizonte que los bienes de mundo, que el bienestar a toda costa o el «solo pan», con el que no podemos vivir únicamente. Y esto es muy importante. No da lo mismo una cosa que otra, no da lo mismo para la causa de la lucha contra el hambre, contra la violencia o en favor de la paz, de la justicia, de la libertad y de la dignidad inviolable de la persona humana y su verdad. Todo indica que estamos viviendo el final de una época y que se abre otra. De la crisis económica seguro que saldremos: pueden ser, lo estamos viendo y padeciendo, todavía unos años malos, incluso peores que los que ya han pasado. Pero, saldremos. ¿Y después de la crisis, qué? ¿Pensamos en preparar ese después? Las cosas no pueden seguir igual: no puede continuar la quiebra antropológica y moral que ha dado origen y lugar a esta crisis, que a tantos deja en la cuneta; ni puede seguir viviendo la humanidad condenada o abandonada a reproducir los grandes mitos de Sísifo, de Prometeo, de Dionisio o de Narciso, ni tampoco sumida en un paganismo nihilista y de vacío, ni carcomida por el cáncer de un relativismo tan brutal como el que está recomiendo al hombre inmerso en esta cultura donde se apaga la luz de la verdad, y con ella, el amor, la esperanza y la verdadera libertad.

Por eso urge evangelizar. Los cristianos tenemos que saber leer y mirar la historia con los ojos de la fe y con esos mismos ojos discernir qué es lo que Dios, que lo apuesta todo por el hombre en Jesucristo y su futuro cargado de una esperanza grande, está haciendo y nos está diciendo en estos momentos. ¿Qué significan, si no, en esta mirada, por ejemplo, la convocatoria del «Año de la Fe», o la convocatoria de un Sínodo universal para promover con decisión la transmisión de la fe con una nueva evangelización y con una revitalización de una renovada pastoral de iniciación cristiana, o con la creación de un nuevo dicasterio en la Santa Sede para promover una nueva y firme evangelización, o la celebración de un nuevo Congreso Eucarístico Internacional para fortalecer la comunión eclesial ubicado en una nación como Irlanda, que tantas llamadas de Dios suscita, y todo ello en el umbral mismo de los cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II, el «nuevo Pentecostés» para la Iglesia en la época contemporánea, llamada a evangelizar, urgida por el amor de Jesucristo, camino de la humanidad entera? Por aquí camina el futuro, obra de Dios. La Iglesia tiene una grave y grandísima responsabilidad, que lo es también para todos los cristianos.
Para preparar la nueva época que se avecina, la Iglesia ha de aportar, no oro ni plata, sino el Nombre de Jesucristo, y en este Nombre, decir a la humanidad postrada: «¡Levántate y echa a andar!». Esta es su aportación para la reedificación de una humanidad que puede parecer hecha escombros.
Antonio Cañizares
Cardenal

-Catequesis del Papa sobre la Virgen


San Lucas nos ha dado uno de los cuatro evangelios, dedicado a la vida terrena de Jesús, pero también nos ha dejado aquello que se ha denominado el primer libro sobre la historia de la Iglesia, es decir, los Hechos de los Apóstoles. En estos dos libros, uno de los elementos recurrentes es justamente la oración, sea la de Jesús, sea la de María, de los discípulos, de las mujeres y de la comunidad cristiana. El camino inicial de la Iglesia está marcado principalmente por la acción del Espíritu Santo, que transforma a los apóstoles en testigos de Cristo resucitado hasta el derramamiento de sangre, y de la rápida difusión de la palabra de Dios en oriente y occidente. Sin embargo, antes que la proclamación del evangelio se propague, Lucas narra la historia de la ascensión del Resucitado : A los discípulos el Señor les entrega su programa de vida, dedicada a la evangelización, y les dice: "Recibireis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y sereis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra".  En Jerusalén, los apóstoles que eran once, por la traición de Judas Iscariote, se reunieron en la casa a orar, y justamente en oración esperan el don prometido de Cristo resucitado, el Espíritu Santo.
En este contexto de espera, entre la ascensión y Pentecostés, san Lucas menciona por última vez a María, la madre de Jesús, y su familia. A María le ha dedicado los inicios de su Evangelio, desde el anuncio del ángel hasta el nacimiento y la infancia del Hijo de Dios hecho hombre. Con María comienza la vida terrena de Jesús y con María comienzan también los primeros pasos de la Iglesia; en ambas ocasiones el clima es de escucha de Dios, de recogimiento. Hoy, por lo tanto, quisiera detenerme sobre esta presencia orante de la Virgen en el grupo de los discípulos, que serán la primera Iglesia naciente. María siguió con discreción todo el camino de su Hijo durante la vida pública, hasta el pie de la cruz, y ahora continúa siguiendo, con una oración silenciosa, el camino de la Iglesia. En la anunciación, en la casa de Nazaret, María recibe al ángel de Dios, y atenta a sus palabras, lo acoge y responde al designio divino, expresando su total disponibilidad: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra".  María, por la misma actitud interior de escucha, es capaz de leer su propia historia, reconociendo con humildad que es el Señor el que actúa. En la visita a su pariente Isabel, prorrumpe en una oración de alabanza y de alegría, de celebración de la gracia divina que ha llenado su corazón y su vida, haciéndola la Madre del Señor Alabanza, acción de gracias, alegría: en el cántico del Magnificat, María no ve solo lo que Dios ha hecho en ella, sino también a lo que hizo y hace continuamente en la historia. San Ambrosio, en un famoso comentario sobre el Magnificat, invita a tener el mismo espíritu en la oración y dice: "Que en cada uno esté el espíritu de María para alabar al Señor, y esté en cada uno el espíritu individual de María para exultar a Dios
Incluso en el cenáculo de Jerusalén, en la "habitación del piso alto, donde solían reunirse" los discípulos de Jesús en un clima de escucha y de oración, ella está presente, antes de que las puertas se abran de par en par y comiencen a anunciar a Cristo el Señor a todos los pueblos, enseñándoles a guardar todo lo que les había mandado. Las etapas del camino de María, de la casa de Nazaret a la de Jerusalén, a través de la cruz donde su Hijo la encomienda al apóstol Juan, se caracterizan por la capacidad de mantener un clima persistente de recogimiento, para meditar cada evento en el silencio de su corazón frente a Dios  y en la meditación delante de Dios, hasta entender su voluntad y ser capaz de aceptarla en su interior. La presencia de la Madre de Dios con los once, después de la Ascensión, no es sólo un registro histórico de una cosa del pasado, sino que adquiere un significado de gran valor, porque Ella comparte con ellos lo más valioso: la memoria viva de Jesús, en la oración; comparte esta misión de Jesús: preservar la memoria de Jesús y así mantener su presencia.
La última mención de María en los dos escritos de san Lucas se dan en el sábado: el día del descanso de Dios después de la creación, el día de silencio después de la muerte de Jesús y de la espera de su Resurrección. Y en este episodio tiene sus raíces la tradición de Santa María en sábado. Entre la Ascensión del Resucitado y el primer pentecostés cristiano, los apóstoles y la Iglesia se reúnen con María para esperar con ella el don del Espíritu Santo, sin el cual no se puede llegar a ser testigos. Ella, que ya lo ha recibido por haber generado el Verbo encarnado, comparte con toda la Iglesia la espera del mismo don, para que en el corazón de cada creyente "sea formado Cristo". Si no hay Iglesia sin Pentecostés, no hay tampoco Pentecostés sin la Madre de Jesús, porque ella ha vivido de una forma única, lo que la Iglesia experimenta cada día bajo la acción del Espíritu Santo. San Cromacio de Aquilea comenta así el registro de los Hechos de los Apóstoles: "Se reunió por lo tanto la Iglesia, en la habitación del piso superior junto con María, la Madre de Jesús, y junto a sus hermanos. Por consiguiente, no se puede hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor... La iglesia de Cristo está allí donde se predica la Encarnación de Cristo en la Virgen, y, donde predican los apóstoles, que son los hermanos del Señor, allí se escucha el evangelio"
El Concilio Vaticano II ha querido poner de relieve, en particular, este vínculo que se manifiesta visiblemente en el orar junto con María y con los Apóstoles, en el mismo lugar, a la espera del Espíritu Santo. La constitución dogmática Lumen Gentium afirma: "Por no haber querido Dios manifestar solemnemente el misterio de la salvación humana antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos que los Apóstoles, antes del día de Pentecostés, «perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste», y que también María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto a ella con su sombra." . El lugar privilegiado de María es la Iglesia, que es "proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular…, tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad,
Venerar a la Madre de Jesús en la Iglesia, significa entonces aprender de ella a ser una comunidad que ora: esta es una de las características esenciales de la primera descripción de la comunidad cristiana descrita en los Hechos de los Apóstoles. La oración está a menudo referida a situaciones difíciles, de problemas personales que llevan a dirigirse a su vez al Señor para tener luz, consuelo y ayuda. María nos invita a abrir las dimensiones de la oración, a dirigirnos a Dios no solo en la necesidad y no solo para sí mismo, sino de modo unánime, perseverante, fiel, con un "solo corazón y una sola alma".
Queridos amigos, la vida humana atraviesa diversas etapas de transición, a menudo difíciles y exigentes, que requieren decisiones obligatorias, renuncias y sacrificios. La Madre de Jesús ha sido colocada por el Señor en momentos decisivos de la historia de la salvación y ha sabido responder siempre con plena disponibilidad, fruto de una profunda relación con Dios, madurada en la oración asidua e intensa. Entre el viernes de la Pasión y el domingo de la Resurrección, a ella se le confió el discípulo amado, y con él a toda la comunidad de los discípulos.  Entre la Ascensión y Pentecostés, ella está con y en la Iglesia en oración. Madre de Dios y Madre de la Iglesia, María ejerce su maternidad hasta el final de la historia. Le encomendamos todas las fases del paso de nuestra existencia personal y eclesial, no menos que la de nuestro tránsito final. María nos enseña la necesidad de la oración y nos muestra que sólo con un vínculo constante, íntimo, lleno de amor con su hijo, podemos salir de "nuestra casa", de nosotros mismos, con coraje, para llegar a los confines del mundo y proclamar en todas partes al Señor Jesús, salvador del mundo.

-Intentan separar a Cristo de su Iglesia


No solo en España, sino en muchas partes del mundo, se ataca, se cuestiona, se acusa y se calumnia y se persigue a la Iglesia Católica y lo que esta institución significa. Nada ni nadie escapa a este furibundo ataque. Desde el Papa, a los obispos, sacerdotes y fieles católicos. Desde los dogmas a la moral; desde los Evangelios a la figuras de Jesucristo y la Virgen María.
Todo se cuestiona, todo se tergiversa, todo se niega, todo vale. No son pocos los que dudan y vacilan en su fe, al percibir ese acoso incesante
Olvidan estos tales que la Iglesia no es obra humana, sino obra de Jesucristo, “el Hijo de Dios vivo”, que ha empeñado su palabra divina. Dios no abandonará jamás a su Iglesia y “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”( Mt 18, 18) o aquellas otras “ No temáis Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos”. Son tiempos de prueba que Dios permite para que cada persona se defina libremente si con Él o contra Él. No hay neutralidad posible. Hay que tomar partido.
Es un vano intento pretender separar a Cristo de su Iglesia. De eso se trata por todos los medios. Jamás lo conseguirán. Esta es la verdad de la Iglesia. Dios con ella, aunque ésta sea débil o pecadora, como fueron también los apóstoles de Jesús.
La nave de la Iglesia ya ha experimentado en su no corta andadura de más de 20 siglos, lo que es pasar por momentos de zozobra. Persecuciones y herejías, falsos profetas y embaucadores, cismas y apostasías, deserciones y calumnias, martirios y despojos.
Todas las fuerzas del mal juntas y desatadas y…ahí sigue más viva que nunca, con el testimonio de sus mejores hijos, dispuestos al martirio antes que renegar de su fe. También cada católico puede cantar aquello tan significativo.”Si vienes conmigo y alientas mi fe; si estás a mi lado…¿a quién temeré?. Pues eso.
MIGUEL RIVILLA SAN MARTÍN (en Cartas al Director)