domingo, 6 de mayo de 2012

- la pasión por la verdad del Papa


Pasión por la verdad en Benedicto XVI
El Papa Benedicto XVI cumple 85 años. A esa edad este teólogo de mente abierta a todo saber, carga con la penosa tarea, al timón de la Barca de Pedro, de dirigirla sin naufragar y a contra corriente entre los altivos oleajes de la cultura atea.
En medio de un mundo donde imperan con fuerza las peores mentiras, Benedicto XVI es un hombre apasionado por la verdad. No sólo por las verdades de fe, sino muy incisivamente por las verdades de razón. Benedicto trata de mostrar al mundo que entre la fe cristiana y la razón natural no hay oposición sino apoyo mutuo.
Cuando el Papa actual era cardenal en su libro "Cooperadores de la verdad" escribió: "Buena parte de la antropología moderna concibe al hombre como mono desnudo, rata pérfida, destructor de la naturaleza o como simple producto de la herencia y del azar, incurriendo en un reduccionismo miope inhábil para dar cuenta de las dimensiones genuinas de lo humano, cuya gravedad se aprecia con fuerza creciente en las variadas formas de degradación y envilecimiento de que es objeto el hombre contemporáneo. Semejante desenfoque, que lleva a identificar, como ha hecho Sartre, el infierno con el otro, o a definir al hombre como «robot ciegamente programado para la conservación de moléculas egoístas», es una manifestación de la crisis de nuestra época, cuyo núcleo fundamental se halla en la renuncia de la verdad".
Si no se aceptan las verdades de razón, las que una mente libre debe buscar y puede encontrar, entonces como plasmó Goya en uno de sus grabados mas famosos, "El sueño de la razón produce monstruos".
Monstruos de la razón fueron la Revolución Francesa, el nazismo, el marxismo y ahora lo es la cultura de la muerte. Y nuestro Gobierno ¿se enfrenta a esa cultura destructiva o la sigue dócilmente? 
Luis Fernández Cuervo Domingo, 15 de Abril de 2012

- la Iglesia y la dimension sexual de la persona


La dimensión sexual 
El Papa con sus palabras netas y serenas, recuerda que la Iglesia tiene algo que decir en este ámbito, porque en la tradición cristiana la sexualidad no sólo se ve como un aspecto de la naturaleza humana, sino también como el nudo fundamental de la vida, es decir, la dimensión en la cual cuerpo y espíritu se entrelazan y sobre la cual, por tanto, se puede y se debe actuar para progresar en el camino espiritual. La relación entre mujeres y hombres, por consiguiente, no es un terreno de reflexión sólo para los moralistas y los médicos, sino también para los teólogos. Por lo demás, no podía ser de otra manera, si se tiene presente que el amor es el centro de toda la enseñanza de Jesús.
En este marco, el matrimonio constituye una especie de primera experiencia del amor que une a todo ser humano con Dios, pues es en la experiencia del amor –de la cual forma parte también la pasión sexual– donde el individuo adquiere, sin necesidad de una mediación discursiva o lógica, un saber esencial, el del sacrificio y del don de sí. De hecho, sólo separándose de sí, renunciando a sí mismo, poniendo el propio destino en las manos de otro, abandonándose al otro, el sujeto puede dar un sentido a su existencia. La relación de pareja se transforma así, con el cristianismo, de evento natural y social en vínculo sagrado
Ya antes de ser elegido Papa Benedicto XVI, se distanció del proceso de emancipación femenina occidental centrado en la separación entre sexualidad y reproducción, denunciando en repetidas ocasiones la crisis moral que atraviesa la civilización de Occidente, viendo precisamente en esto una de las razones principales de esta decadencia.
La sexualidad separada de la reproducción se ha convertido en un «derecho» imprescindible «En la cultura del mundo “desarrollado” se ha destruido, en primer lugar, el vínculo entre sexualidad y matrimonio indisoluble. Separado del matrimonio, el sexo ha quedado fuera de órbita y se ha encontrado privado de puntos de referencia: se ha convertido en una especie de mina flotante, en un problema y, al mismo tiempo, en un poder omnipresente. (...) Consumada la separación entre sexualidad y matrimonio, la sexualidad se ha separado también de la procreación. El movimiento ha terminado por desandar el camino en sentido inverso: es decir, procreación sin sexualidad». En suma, estamos pagando «los efectos de una sexualidad sin ligazón alguna con el matrimonio y la procreación. La consecuencia lógica es que toda forma de sexualidad es igualmente válida y, por consiguiente, igualmente digna»….
Siendo cardenal el Papa dedicó en 2004 a este tema uno de sus últimos documentos como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe: una carta a los obispos católicos «sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo», donde afirma que la diferencia de los sexos es un don divino, fértil de frutos positivos en todo sentido, y reafirma el pensamiento de la Iglesia sobre la necesidad de una igualdad de derechos y de dignidad entre mujeres y hombres, pero que no llegue a uniformar totalmente los papeles. Resultado que, en la cultura progresista occidental, lleva a negar incluso la diferencia entre mujeres y hombres, cancelando en sustancia el papel femenino, y por tanto la maternidad, a través de la sustitución de la definición biológica con un concepto abstracto: el género, con el que se quiere considerar libre de la realidad biológica del cuerpo para permitir la definición de la identidad sexual sólo desde el punto de vista cultural. Una propuesta que, aun rechazada por la asamblea de las Naciones Unidas de Pekín en 1995, ha encontrado ecos positivos en Occidente y ha quedado incluso recogida, por ejemplo, en la reciente legislación española (las leyes sociales de Zapatero).
Respecto a esta deriva de los derechos típica de cierta cultura progresista occidental, el Papa se ha distanciado netamente, y de este modo ha abierto una posibilidad de confrontación positiva con las demás culturas vinculadas a otras inspiraciones religiosas que –arraigadas como están en la realidad natural y en una ética familiar también a menudo diversa de la cristiana– ven sin embargo con preocupación este proceso actual en los países occidentales. Por consiguiente, en este terreno la confrontación se vuelve más positiva y, en cierto aspecto, más fácil, aunque no conviene olvidar que Benedicto XVI no deja de lado el problema del reconocimiento de la dignidad de la mujer, subrayando que constituye uno de los fundamentos de la tradición cristiana. Lo recordó en su primera encíclica, “Deus caritas est”, donde afronta el tema que hoy es objeto de una de las fracturas más graves entre el pensamiento católico y la modernidad, es decir, la relación amorosa entre un hombre y una mujer. 
Además hay hoy dia un modo de pensar muy difundido en las sociedades occidentales, en el que la Iglesia aparece como una institución que dice siempre no a las aperturas propuestas por la sociedad laica en este ámbito –desde el uso de anticonceptivos artificiales hasta el aborto, desde el amor libre hasta el divorcio, e incluso hasta la aceptación de la homosexualidad como algo normal– pero que luego no tendría mucho que proponer a cambio de estos rechazos. Una institución, la de la Iglesia católica, compuesta en su mayoría por hombres célibes que se permiten hablar de algo que no conocen, y entrar en un campo, precisamente el de la vida sexual entre hombres y mujeres, en el que no deberían meterse. 
  El Papa en cambio, con sus palabras netas y serenas, recuerda que la Iglesia tiene algo que decir en este ámbito, porque en la tradición cristiana la sexualidad no sólo se ve como un aspecto de la naturaleza humana, sino también como el nudo fundamental de la vida, es decir, la dimensión en la cual cuerpo y espíritu se entrelazan y sobre la cual, por tanto, se puede y se debe actuar para progresar en el camino espiritual. La relación entre mujeres y hombres, por consiguiente, no es un terreno de reflexión sólo para los moralistas y los médicos, sino también para los teólogos. Por lo demás, no podía ser de otra manera, si se tiene presente que el amor es el centro de toda la enseñanza de Jesús. 
En este marco, el matrimonio constituye una especie de primera experiencia del amor que une a todo ser humano con Dios, pues es en la experiencia del amor –de la cual forma parte también la pasión sexual– donde el individuo adquiere, sin necesidad de una mediación discursiva o lógica, un saber esencial, el del sacrificio y del don de sí. De hecho, sólo separándose de sí, renunciando a sí mismo, poniendo el propio destino en las manos de otro, abandonándose al otro, el sujeto puede dar un sentido a su existencia. La relación de pareja se transforma así, con el cristianismo, de evento natural y social en vínculo sagrado. Por lo demás, ya en el libro “la Introducción al cristianismo”, habla de «la lucha por la verdadera imagen del amor humano en contra de la falsa adoración del sexo y del eros, de los que nació y nace una esclavitud de la humanidad que no es menor que la que origina el abuso del poder» 
  Esta transformación del modo de concebir el acto sexual queda bien explicada con los teólogos medievales que identificaron los fines del matrimonio. Estos tres pilares en los que se apoya el matrimonio cristiano son: el fin de constituir una familia dirigida al futuro a través de la procreación; la fidelidad recíproca, que significa también, en sentido más profundo, poder ayudarse uno a otro en las vicisitudes de la vida; y, por último, sobre todo, el sacramento como misteriosa presencia de Dios que ayuda a los cónyuges a realizar todo lo bueno que puede derivar de la relación de amor entre una mujer y un hombre, imperfectos y débiles como son todos los seres humanos. 
La idea de que liberar a los seres humanos de toda prohibición en el comportamiento sexual abriría las puertas a la felicidad y a la concordia entre los seres humanos –como quería el eslogan «haz el amor, no la guerra» ha sido una utopía desmentida por el aumento del número de divorcios, por los problemas de las familias desintegradas y por el destino de los hijos. 
Se ha intentado quitar del matrimonio todo lo que constituía renuncia y sacrificio, todo lo que parecía incompatible con el proyecto de realización individual, y se lo ha destruido, o al menos se lo ha vaciado de su verdadero significado. En este contexto, con su primera encíclica, Benedicto XVI recuerda con fuerza la riqueza del matrimonio cristiano tanto para la cultura occidental secularizada como a las demás culturas: lo cual demuestra que un tema teológico como el amor y el matrimonio se puede abordar en un diálogo cultural, en una confrontación no ideológica sino vinculada a la realidad de vida de las personas, a la realidad de vida diaria donde se experimentan las convivencias posibles entre tradiciones culturales distintas. 

domingo, 22 de abril de 2012

-Poner la Misericordia en acción


Poner la Misericordia en acción

El mensaje de Misericordia es que Dios nos ama -a todos-, no importa cuán grande sean nuestras faltas. ¡Cuántas veces nos cuesta entender este amor misericordioso, y pensamos que un amor así es imposible! Sin embargo, Él quiere que reconozcamos que Su misericordia es más grande que nuestros pecados, para que nos acerquemos a Él con confianza, para que recibamos su Misericordia y la dejemos derramar sobre otros, de tal manera de que todos participemos de Su gozo.
Es una espiritualidad muy consoladora, porque en momentos de fuerte conmoción espiritual, sea por un grave problema o por la clara conciencia de nuestros pecados, o bien por cualquier otro motivo, nos recuerda el amor infinito que Dios nos tiene y con el que nos acoge cuando nos volvemos a Él. Como dijo Jesús a santa Faustina Kowalska, «mi corazón es la misericordia misma. Ningún alma que se haya acercado a Mí se ha retirado sin consuelo».
Esta devoción requiere de una total entrega a Dios. ¿Cómo alcanzar esta Misericodia? Pide Su misericordia: Dios quiere que nos acerquemos a Él por medio de la oración constante, arrepentidos de nuestros pecados y pidiéndole que derrame Su misericordia sobre nosotros y sobre el mundo entero. Sé misericordioso: Dios quiere que recibamos Su misericordia y que, por medio de nosotros, se derrame sobre los demás. Confía completamente en Jesús: Dios nos deja saber que las gracias de Su misericordia dependen de nuestra confianza. Mientras más confiemos en Jesús, más recibiremos.
Las prácticas devocionales reveladas a santa Faustina Kowalska nos fueron dadas como instrumentos de misericordia, por medio de los cuales el amor de Dios es derramado sobre todo el mundo, pero no son suficientes por sí solas. No es suficiente que nosotros colguemos la imagen de la Divina Misericordia en nuestros hogares, que recemos la coronilla de la Divina Misericordia todos los días a las 3 de la tarde, y recibamos la Comunión el domingo después de la Pascua -en este día se puede obtener la indulgencia plenaria, en las condiciones acostumbradas-. Nosotros también debemos mostrarnos misericordiosos con nuestro prójimo. ¡Poner la Misericordia en acción no es una opción de la devoción a la Divina Misericordia, sino un requisito!
¿Cómo irradiamos la misericordia de Dios a nuestro prójimo? Por medio de nuestras acciones, palabras y oraciones. «En estas tres formas -Él le dice a sor Faustina- está contenida la plenitud de la misericordia». Todos hemos sido llamados a practicar estas tres formas de misericordia, pero no todos somos llamados de la misma manera. Tenemos que preguntarle al Señor, Quien comprende nuestras personalidades individuales y nuestra situación, que nos ayude a reconocer las diversas formas con que podemos poner en práctica Su misericordia en nuestra vida diaria.
Pidiendo la misericordia de nuestro Señor, confiando en Su misericordia, y viviendo como personas misericordiosas, nos podemos asegurar que nunca escucharemos decir: Sus corazones están lejos de mí, sino más bien la hermosa promesa de Bienaventurados los misericordiosos, ya que ellos obtendrán Misericordia.
Carmen Calvo

- Misericordia para encontrar paz y felicidad


Fuera de la misericordia no existe otra fuente de esperanza para el hombre

El Beato Juan Pablo II fue quien instituyó que en el Segundo Domingo de Pascua -que hoy celebramos- se conmemorase en la Iglesia la fiesta del “Domingo de la Divina Misericordia”. En el origen de la intuición del Pontífice estaba una joven religiosa polaca de principios del siglo XX, que murió con tan solo 33 años de edad: Santa Faustina Kowalska. Su vida transcurrió durante los años en los que Europa era azotada por la llamada Gran Guerra (la Primera Guerra Mundial), y falleció a las puertas de la Segunda Guerra Mundial. Su vocación religiosa parecía estar marcada por el dolor de la humanidad, hasta el punto de que su experiencia mística le llevó a ofrecerse a Dios como “víctima voluntaria” por la salvación del mundo, especialmente por tantas almas sufrientes de su tiempo y de toda la historia. Os recomiendo que os acerquéis a conocer su vida y su mensaje.
Pero más allá de los hechos históricos que puedan estar relacionados con el origen de la fiesta litúrgica que hoy celebramos, el misterio de la MISERICORDIA se presenta como el mensaje central del cristianismo: Dios es AMOR y su relación con nosotros está fundada en la MISERICORDIA. Cuando conocemos y gustamos interiormente de este misterio, el horizonte de nuestra vida se llena de esperanza. Y por el contrario, cuando ignoramos o rechazamos la misericordia de Dios, inevitablemente, somos presa de la infelicidad. Nosotros creemos firmemente que en la misericordia de Dios el mundo encontrará la paz y el hombre, la felicidad.
…..Este es el primer mensaje que quisiera transmitiros en el día de la Divina Misericordia: Que el sufrimiento que habéis padecido y que continuáis padeciendo, no os impida conocer y experimentar la bondad de Dios, la confianza en el prójimo y la esperanza en un futuro mejor. ….
Jesús nos habla en el Evangelio de la necesidad de ‘nacer de nuevo’ para poder entrar en el Reino de los Cielos (Mt 18, 1-7),  y me atrevería a añadir que también para alcanzar la felicidad en esta vida. Su mensaje es absolutamente válido para todos nosotros. Nadie ha de ser ajeno a esta invitación a ‘nacer de nuevo’ que Cristo nos hace:
Quizás alguno se pregunte qué camino es el que hay que recorrer para poder nacer de nuevo. Pues bien, Jesús nos dice en el Evangelio de San Juan: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto -el que no nazca del agua y del espíritu- no puede entrar en el Reino de los Cielos” (Jn 3, 3-5).
Queridos hermanos, la clave para  ese nuevo nacimiento “de lo alto” que nos pide Jesús en el Evangelio es la “MISERICORDIA”. La misericordia no es otra cosa que el Amor que se prodiga en sanar las heridas de los que sufren. La misericordia es el “amor en acción”, el amor que se ‘despoja’ y se ‘arremanga’ para acercarse al misterio del dolor, llevando la esperanza de la Resurrección.

Me explico:
a)      Por una parte, necesitamos abrirnos a la misericordia, y especialmente a la misericordia divina. O dicho de otra forma, tenemos que aprender a dejarnos amar por Dios, así como por los seres queridos que nos rodean: Solamente así podrán sanar nuestras heridas, esas heridas que la violencia terrorista ha generado en nuestros corazones… ¡Dejarse querer o dejarse amar, no es algo tan obvio ni tan fácil como podría parecer a simple vista! Cuando se ha padecido la crueldad de la violencia, con frecuencia ocurre que se sufren traumas, que dificultan la confianza en las personas del propio entorno, e incluso en el mismo ser humano.
¡Qué importante y necesaria puede llegar a ser en este camino de sanación una profunda experiencia de oración! En el Evangelio que hemos proclamado en este Domingo de la Divina Misericordia se ha narrado el episodio del Apóstol Tomás tocando las llagas de Jesús Resucitado, y sanando de esta forma su incredulidad. También nosotros necesitamos tocar a Jesús en la oración; o mejor aún, dejar que Él toque nuestras llagas, nuestras heridas, para que puedan ser sanadas.
b)      Pero, en segundo lugar, para poder acoger la misericordia que necesitamos, es preciso practicarla con los que la necesitan tanto o más que nosotros, e incluso con quienes la necesitan menos que nosotros. La mejor terapia para sanar nuestras heridas, es la práctica generosa de la misericordia con las personas que nos rodean. Ésta es una de las paradojas del mensaje de Cristo: para sanar nuestras heridas, es necesario que nos ofrezcamos como ‘sanadores’ del prójimo. Para poder ser ‘hijos de la misericordia’, tenemos que ser ‘padres de misericordia’. Porque dando se recibe; y olvidándonos de nosotros mismos, es como llegamos a encontrarnos… ¡Ésta es la lógica y la dinámica sanadora del Evangelio!: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7).
Mis queridos hermanos, las heridas de la violencia terrorista sólo pueden ser sanadas por el bálsamo de la misericordia, que se recibe al mismo tiempo que se da, ya que la misericordia no es otra cosa que el amor gratuito que nace de Dios y que se prodiga de modo especial en aquellos que sufren. Como dijo Juan Pablo II al inaugurar el Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia: "Fuera de la misericordia no existe otra fuente de esperanza para el hombre" (17 de agosto de 2002).
. Nuestro amado Juan Pablo II tenía preparada una alocución para el Domingo de la Divina Misericordia, que no pudo pronunciar, ya que falleció la víspera. Sin embargo, quiso que ese texto se leyera y publicara como su mensaje póstumo: «A la Humanidad, que a veces parece extraviada y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece, como don, su amor que perdona, reconcilia y suscita de nuevo la esperanza. Es un amor que convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Misericordia divina!».
¡Jesús, confío en ti, confiamos en ti!
+ José Ignacio Munilla Aguirre, obispo de San Sebastián

- hoy: un encuentro con el Señor resucitado


Cada año, celebrando la Pascua, revivimos la experiencia de los primeros discípulos de Jesús, la experiencia del encuentro con Él resucitado: el evangelio de Juan dice que lo vieron aparecer en medio de ellos, en el cenáculo, la tarde del mismo día de la Resurrección,«el primero de la semana», y luego«ocho días después»(Jn. 20,19.26). Ese día, llamado después «domingo»,«Día del Señor» es el día de la asamblea, de la comunidad cristiana que se reúne para su propio culto, que es la Eucaristía, culto nuevo y distinto desde el principio, de aquel judío del sábado. De hecho, la celebración del Día del Señor es una evidencia muy fuerte de la Resurrección de Cristo, porque sólo un evento extraordinario e inquietante podría inducir a los primeros cristianos a iniciar un culto diferente al sábado judío.
Entonces, como ahora, el culto cristiano no es sólo una conmemoración de los acontecimientos pasados, ni una experiencia mística en particular, interior, sino fundamentalmente un encuentro con el Señor resucitado, que vive en la dimensión de Dios, más allá del tiempo y del espacio, y sin embargo, está realmente presente en medio de la comunidad, nos habla en las sagradas escrituras, y parte para nosotros el pan de vida eterna. A través de estos signos vivimos lo que los discípulos experimentaron, que es el hecho de ver a Jesús y, al mismo tiempo no reconocerlo; de tocar su cuerpo, un cuerpo real, que sin embargo está libre de ataduras terrenales.
Es muy importante lo que refiere el evangelio, de que Jesús, en las dos apariciones a los apóstoles reunidos en el cenáculo, repitió varias veces el saludo: «La paz con vosotros»(Jn. 20,19.21.26). El saludo tradicional, con la que se desea el shalom, la paz, se convierte aquí en algo nuevo: se convierte en el don de aquella paz que sólo Jesús puede dar, porque es el fruto de su victoria radical sobre el mal. La «paz» que Jesús ofrece a sus amigos es el fruto del amor de Dios que lo llevó a morir en la cruz, para derramar toda su sangre, como cordero manso y humilde,«lleno de gracia y verdad» (Jn. 1,14). Por eso el beato Juan Pablo II quiso denominar este domingo después de Pascua, como de la Divina Misericordia, con una imagen bien precisa: aquella del costado traspasado de Cristo, del que salió sangre y agua, según el testimonio presencial del apóstol Juan (Jn. 19,34-37). Mas ahora Cristo ha resucitado, y de Él vivo, brotarán los sacramentos pascuales del Bautismo y de la Eucaristía: los que se les acercan con fe a ellos, reciben el don de la vida eterna.
Queridos hermanos y hermanas, acojamos el don de la paz que Jesús resucitado nos ofrece, ¡dejémonos llenar el corazón de su misericordia! De esta manera, con el poder del Espíritu Santo, el Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos, también nosotros podemos llevar a los otros estos dones pascuales. Que nos lo obtenga María Santísima, Madre de Misericordia.
Benedicto XVI – Pascua 2012

-siempre intentan destruir los valores judeocristianos


Hitler sabía que su deseo por el poder sólo podría triunfar si primero destruía los valores judeocristianos.

El objetivo final de los nazis, sostuvo Benedicto, era arrancar la moralidad cristiana desde las raíces judías, reemplazándola con "una fe de su propia invención: la fe en el gobierno del hombre, el gobierno del poderoso". Hitler sabía que su deseo por el poder sólo podría triunfar si primero destruía los valores judeocristianos. En el Imperio (Reich) de Mil Años, Dios y su código moral serían eliminados. El hombre, sin las restricciones de la conciencia, reinaría en su lugar. Es la más vieja de las tentaciones, y Auschwitz es lo que conducía a eso.
"¿En dónde estaba Dios en esos días?", preguntó el Papa. ¿Cómo pudo un Creador justo y amoroso permitir que trenes y trenes llegaran llenos de seres humanos listos para ser asesinados en Auschwitz? De hecho, ¿en dónde está Dios cuando una sola víctima inocente está siendo asesinada, violada o abusada?
La respuesta, aunque el Papa no lo dijo tan claramente, es que un mundo en el que Dios siempre interviene para evitar la crueldad y la violencia sería un mundo sin libertad –y la vida sin libertad no tendría sentido. Dios dota a los seres humanos con el poder para elegir entre el bien y el mal. Algunos eligen ayudar a su vecino; otros eligen herirlo. Estaban esos nazis en Europa que llevaron a los judíos en manadas hacia las cámaras de gas. Y estuvieron aquellos que arriesgaron sus vidas para esconder a los judíos de las garras de la Gestapo.
El Dios que "habló en Sinai" no se estaba dirigiendo a ángeles o robots, quienes no podrían hacer el mal aunque lo quisieran. Él le estaba hablando a gente real, con decisiones reales que tomar, y consecuencias reales que provienen de esas decisiones. Auschwitz no fue culpa de Dios. Él no construyó el lugar. Y sólo transformando a los "seres con libertad moral" que lo construyeron en "marionetas", podría haber evitado que cometan sus crímenes horrendos.
No fue Dios quien falló durante el holocausto, o en los Gulags, o en el 11/Septiembre, o en Bosnia. No es Dios quien falla cuando los seres humanos hacen cosas barbáricas. Auschwitz no es lo que pasa cuando el Dios que dice “No matarás”y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” está en silencio. Es lo que pasa cuando los hombres y las mujeres se rehúsan a escuchar.
Del libro “El Silencio de Dios”, Jeff Jacoby

lunes, 9 de abril de 2012

-Renace la vida, es Pascua


Renacer, la Buena Noticia
Renacer es un verbo cristiano. Sin duda que se emplea en tantos otros ámbitos en donde volver a empezar señala un momento propicio que tiene sabor a reestreno de algo querido, útil y cierto. Pero el renacer por antonomasia se refiere a un máximo milagro: que algo muerto, vuelve a la vida; que alguien terminal y terminado, vuelve a comenzar de nuevo.
Cristo ha resucitado, ha vencido la muerte más temida y llorada, ha dejado para siempre vacío el sepulcro que había sellado una increíble derrota.
La palabra pascua significa en hebreo paso, motivo por el cual los cristianos hablamos indistintamente de una pascua cuando nos referimos a la natividad del Señor o a su resurrección. Porque se trata de un mismo gesto en dos entregas: Dios que nace humanamente en la pascua de navidad, Dios que renace también humanamente en la pascua de resurrección. En ambos casos, aparece el supremo gesto de amor y bondad por el cual Dios ha salido a nuestro encuentro, ha abrazado nuestra vida, ha deseado vivirse y desvivirse como nosotros lo hacemos.
Podría haber resuelto de modo distinto el mensaje que nos contó, los signos que pudo mostrarnos, y especialmente el desenlace en la cruz cual malhechor abandonado. Pero habiendo podido hacer y decir de otros modos y maneras, Jesús, el Hijo de Dios, nació y renació como una pascua en medio de nosotros, una pascua que se siembra, que crece y que florece.
Son muchas las pesadillas que han podido afear nuestros mejores sueños. Y cuando esto sucede, de pronto aprendemos lo mucho que vale lo que no tiene precio. Una enfermedad que logra curarse, un desahucio que encuentra cobijo, una noche oscura que termina con la claridad de la aurora, una pena negra que se transforma en radiante alegría, el desencanto más devastador ante las mil pruebas de la vida, que concluye en el encanto de una esperanza que nunca caduca marchita. Es entonces cuando aprendemos cómo las cosas verdaderamente importantes son pocas, y deberíamos dedicarles más tiempo, más ilusión, más acogida de lo que habitualmente les damos y hacemos.
Pero es esto lo que está señalando la pascua de resurrección de Jesús: renace la vida, lo más importante, lo único importante, y toma de nuevo su puesto debido en nuestra historia y en nuestra biografía. Esto es lo que con todo derecho hemos de saber contar, lo que con todo deber también deberemos saber cantar. Porque el mensaje de este día renacido y resucitado no puede ser otro que el ya sabido y no siempre entonado: el Señor ha vencido las pesadillas que nos alejan de Él, que nos enfrentan a nuestros deudos y que nos rompen por dentro como un destrozo inhumano. La palabra última tras todas las terribles palabras penúltimas, se la ha reservado Dios, y es la que con letra y música de aleluya hoy la Iglesia entera vuelve a entonar a plena voz. Esa palabra final que permite renacer lo que nos hace hijos ante el Señor, hermanos de todos los hombres, y hacedores de un mundo nuevo donde la paz y la justicia, la belleza y la bondad, la verdad y la alegría, se hacen estrofa, se hacen melodía, haciendo de la existencia un canto de esperanza. El Señor ha vencido, y nosotros en Él. Aleluya. Feliz Pascua.
Jesús Sanz Montes, Arzobispo de Oviedo