Una de las batallas que tuvieron que ganar los Padres de la Iglesia en los primeros siglos del cristianismo fue el de la bondad del cuerpo. Los gnósticos aseguraban que el cuerpo humano es malo y, en consecuencia, que el matrimonio y las relaciones conyugales eran intrínsecamente perversas. Frente a esta herejía, la Iglesia sostuvo que el cuerpo humano es bueno, porque es la expresión visible de la persona humana; y que el matrimonio también es bueno, muy bueno, pues es un maravilloso espejo que refleja la comunión de las personas.
Las tendencias despreciativas del cuerpo humano y del matrimonio han vuelto a reaparecer en nuestros días: el espiritualismo, el sexismo biológico y la llamada ideología de género. El espiritualismo consiste en no reconocer a la corporeidad sexuada su sentido espiritual, es decir, que sea capaz de expresar la comunión de amor entre las personas. En el extremo opuesto se sitúa el sexismo biológico: el cuerpo humano es pura materia, sin dimensión espiritual y trascendente, por lo que habría que dar vía libre a todas las relaciones sexuales; la revolución sexual del mayo francés y el Con mi cuerpo hago lo que quiero son algunas de sus manifestaciones. Con todo, la llamada ideología de género es la postura más radical contra la verdad y bondad del cuerpo humano: ser hombre o ser mujer dependería de una opción personal, sobre todo cultural. La sexualidad humana, es decir: la masculinidad y feminidad, serían un accidente cultural. La opción de género, lejos de ser una conquista, deforma la imagen del ser humano e imposibilita la sexualidad como expresión de la persona.
Con este trasfondo cultural, los obispos de España hemos hecho público el documento sobre La verdad del amor humano, un texto amplio, profundo y de gran calado doctrinal y pastoral. Aquí lo teneis integro: http://www.conferenciaepiscopal.es/index.php/documentos-plenaria.html
Invito encarecidamente a los sacerdotes, catequistas, formadores cristianos, miembros de movimientos familiares y de asociaciones y nuevas realidades eclesiales a que lo lean, asimilen y difundan en todos sus ambientes. Mención especial merecen quienes imparten los cursillos prematrimoniales y la catequesis familiar a las parejas jóvenes.
Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos
Os ofrecemos aquí noticias de la actualidad que os pueden interesar y ayudar a reflexionar.
viernes, 13 de julio de 2012
-El cuerpo es bueno
domingo, 6 de mayo de 2012
-Cristo resucitado, mi esperanza
María
Magdalena,
es la primera en encontrar en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella
corrió hacia los otros discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció:
«He visto al Señor» (Jn 20,18). También nosotros hoy abrimos las puertas al grito
de victoria: «¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!».
Todo
cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que
cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la
bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial,
momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos
devuelve nuestra dignidad. He aquí porqué la Magdalena llama a Jesús «mi
esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro
nuevo, una existencia buena, libre del mal.
«Cristo, mi esperanza», significa
que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo
esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se
ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad.
Pero
María Magdalena, como los otros discípulos, han tenido que ver a Jesús rechazado
por los jefes del pueblo, capturado, flagelado, condenado a muerte y
crucificado. Debe haber sido insoportable ver la Bondad en persona sometida a
la maldad humana, la Verdad escarnecida por la mentira, la Misericordia
injuriada por la venganza. Con la muerte de Jesús, parecía fracasar la
esperanza de cuantos confiaron en Él. Pero aquella fe nunca dejó de faltar
completamente: sobre todo en el corazón de la Virgen María, la madre de Jesús,
la llama quedó encendida con viveza también en la oscuridad de la noche.
En
este mundo, la esperanza no puede dejar de hacer cuentas con la dureza del mal.
No es solamente el muro de la muerte lo que la obstaculiza, sino más aún las
puntas aguzadas de la envidia y el orgullo, de la mentira y de la violencia.
Jesús ha pasado por esta trama mortal, para abrirnos el paso hacia el reino de
la vida. Hubo un momento en el que Jesús aparecía derrotado: las tinieblas
habían invadido la tierra, el silencio de Dios era total, la esperanza una
palabra que ya parecía vana.
Y
he aquí que, al alba del día después del sábado, se encuentra el sepulcro
vacío. Después, Jesús se manifiesta a la Magdalena, a las otras mujeres, a
los discípulos. La fe renace más viva y más fuerte que nunca, ya invencible,
porque fundada en una experiencia decisiva: «Lucharon vida y muerte / en
singular batalla, / y, muerto el que es Vida, triunfante se levanta». Las
señales de la resurrección testimonian la victoria de la vida sobre la muerte,
del amor sobre el odio, de la misericordia sobre la venganza: «Mi Señor
glorioso, / la tumba abandonada, / los ángeles testigos, / sudarios y mortaja».
Queridos
hermanos y hermanas: si Jesús ha resucitado, entonces – y sólo entonces – ha
ocurrido algo realmente nuevo, que cambia la condición del hombre y del mundo.
Entonces Él, Jesús, es alguien del que podemos fiarnos de modo absoluto, y no
solamente confiar en su mensaje, sino precisamente en Él, porque el resucitado
no pertenece al pasado, sino que está presente hoy, vivo. Cristo es
esperanza y consuelo de modo particular para las comunidades cristianas que más
pruebas padecen a causa de la fe, por discriminaciones y persecuciones. Y está
presente como fuerza de esperanza a través de su Iglesia, cercano a cada
situación humana de sufrimiento e injusticia.
Feliz
Pascua a todos.”
Benedicto XVI
-la vida frenética «endurece el corazón»
El Papa advierte de que la vida frenética «endurece el corazón»
Benedicto XVI denuncia el activismo y señala el tiempo de
oración como una necesidad del hombre para «no ahogarse» y ha hablado de la importancia de rezar para
que no nos ahogue el activismo diario
Demasiadas ocupaciones y una vida frenética «endurecen el
corazón de los hombres y hacen sufrir al espíritu»; la vida no puede valorarse
con los únicos criterios de la productividad y la eficiencia.
El Papa destacó la importancia de la plegaria en la vida del
hombre y señaló que sin ella nuestra vida se vacía y quedamos insatisfechos.
«Las demasiadas ocupaciones, una vida frenética, acaban
muchas veces por endurecer el corazón y hacer sufrir al espíritu, decía san
Bernardo. Son palabras muy importantes para el hombre de hoy, acostumbrado a
evaluar todo con el criterio de la productividad y la eficiencia», subrayó el
Obispo de Roma.
Benedicto XVI añadió que el libro de Los Hechos de los
Apóstoles recuerda la importancia del trabajo en la vida diaria, pero precisa
que se debe desarrollar con responsabilidad y dedicación y sin olvidad la
necesidad que tenemos de Dios.
«Sin la plegaria diaria vivida con fidelidad, nuestro
menester se vacía, pierde el alma profunda, se reduce a una simple actividad
que a larga nos deja insatisfechos», destacó el Papa, que resaltó la antigua
tradición cristiana de rezar antes de cada actividad.
El Papa manifestó que los cristianos creen en la fuerza de
la palabra de Dios y de la plegaria y subrayó que la oración recuerda a los
fieles «que solo de la relación íntima con Dios, cultivada día a día, nace la
respuesta a Dios».
Benedicto XVI destacó el primado de la plegaria y de la
Palabra de Dios para los hombres y aseguró que «si los pulmones del rezo y de
la Palabra de Dios no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, se
corre el riesgo de que nos ahoguemos en medio de las miles de cosas de cada
día».
«El
rezo es la respiración del alma y de la vida», afirmó el Papa, que invitó a los
fieles a mantenerse siempre unidos a Dios con las plegarias.
Etiquetas:
Dios nos ama,
Familia hoy,
Jovenes,
Papa Benedicto XVI,
Sociedad de hoy
-la vida de cada hombre es una historia de amor
En la Iglesia se descubre que la vida de cada hombre es una historia de
amor
Acaba de terminar, en la basílica de San Pedro, la
celebración eucarística en la que he ordenado a nueve presbíteros nuevos para la
diócesis de Roma. Demos gracias a Dios por este regalo, ¡un signo de su amor
providente y fiel a la iglesia! Estrechémonos espiritualmente en torno a estos
nuevos sacerdotes y recemos para que acojan plenamente la gracia del sacramento
que los ha conformado con Cristo Sacerdote y Pastor. Y recemos para que todos
los jóvenes estén atentos a la voz de Dios que habla interiormente a su corazón
y los llama a desprenderse de todo para que le sirvan. A este objetivo está
dedicada la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. En efecto, el Señor
llama siempre, pero muchas veces no lo escuchamos. Estamos distraídos por
muchas cosas, por otras voces más superficiales; y después tenemos miedo de
escuchar la voz del Señor, porque pensamos que puede cortarnos la libertad. En
realidad, cada uno de nosotros es fruto del amor: ciertamente, del amor de los
padres, pero, más profundamente, del amor de Dios. La Biblia dice: si aunque tu
madre no te quisiera, yo te quiero, porque te conozco y te amo (Is. 49,15). En
el momento que me doy cuenta de este amor, mi vida cambia: se convierte en una
respuesta a este amor, más grande que cualquier otro, y así se realiza
plenamente mi libertad.
Los jóvenes que hoy he consagrado sacerdotes no son
diferentes de otros jóvenes, pero han sido profundamente tocados por la belleza
del amor de Dios, y no podían dejar de responder con toda su vida. ¿Cómo han
conocido el amor de Dios? Lo han encontrado en Jesucristo, en su evangelio, en
la eucaristía y en la comunidad eclesial. En la Iglesia se descubre que la vida
de cada hombre es una historia de amor. Lo muestra claramente la sagrada
escritura, y lo confirma el testimonio de los santos. Un ejemplo es la
expresión de san Agustín en sus Confesiones, que se vuelve a Dios y le dice:
«¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas
dentro de mí, y yo fuera ... Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo ...
Pero me has llamado, y tu grito le ha ganado a mi sordera" (X, 27.38).
Queridos amigos, recemos por la iglesia, por cada comunidad
local, para que sea como un jardín regado, donde pueden germinar y crecer todas
las semillas de la vocación que Dios siembra en abundancia. Oremos para que
todos cultiven este jardín, en la alegría de sentirse todos llamados, en la
variedad de los dones. En particular, que las familias sean el primer lugar en
el que se "respire" el amor de Dios, que da la fuerza interior,
incluso en medio de las dificultades y las pruebas de la vida. Quien vive en
familia la experiencia del amor de Dios, recibe un don inestimable, que da
fruto a su tiempo. Que nos conceda todo esto la Santísima Virgen María, modelo
de acogida libre y obediente a la llamada divina, Madre de toda vocación en la
iglesia.
Benedicto XVI
Etiquetas:
Dios nos ama,
Encontrar a Dios,
Jovenes,
Papa Benedicto XVI,
Sociedad de hoy
- la pasión por la verdad del Papa
Pasión por la verdad en Benedicto XVI
El Papa Benedicto XVI cumple 85 años. A esa edad este
teólogo de mente abierta a todo saber, carga con la penosa tarea, al timón de
la Barca de Pedro, de dirigirla sin naufragar y a contra corriente entre los
altivos oleajes de la cultura atea.
En medio de un mundo donde imperan con fuerza las peores
mentiras, Benedicto XVI es un hombre apasionado por la verdad. No sólo por las
verdades de fe, sino muy incisivamente por las verdades de razón. Benedicto
trata de mostrar al mundo que entre la fe cristiana y la razón natural no hay
oposición sino apoyo mutuo.
Cuando el Papa actual era cardenal en su libro
"Cooperadores de la verdad" escribió: "Buena parte de la
antropología moderna concibe al hombre como mono desnudo, rata pérfida,
destructor de la naturaleza o como simple
producto de la herencia y del azar, incurriendo en un reduccionismo miope
inhábil para dar cuenta de las dimensiones genuinas de lo humano, cuya gravedad
se aprecia con fuerza creciente en las variadas formas de degradación y
envilecimiento de que es objeto el hombre contemporáneo. Semejante desenfoque,
que lleva a identificar, como ha hecho Sartre, el infierno con el otro, o a
definir al hombre como «robot ciegamente programado para la conservación de moléculas
egoístas», es una manifestación de la crisis de nuestra época, cuyo núcleo
fundamental se halla en la renuncia de la verdad".
Si no se aceptan las verdades de razón, las que una mente
libre debe buscar y puede encontrar, entonces como plasmó Goya en uno de sus
grabados mas famosos, "El sueño de la razón produce monstruos".
Monstruos de la razón fueron la Revolución Francesa, el
nazismo, el marxismo y ahora lo es la cultura de la muerte. Y nuestro Gobierno
¿se enfrenta a esa cultura destructiva o la sigue dócilmente?
Luis
Fernández Cuervo Domingo, 15 de Abril de 2012
- la Iglesia y la dimension sexual de la persona
La dimensión sexual
El Papa
con sus palabras netas y serenas, recuerda que la Iglesia tiene algo que decir
en este ámbito, porque en la tradición cristiana la sexualidad no sólo se ve
como un aspecto de la naturaleza humana, sino también como el nudo fundamental
de la vida, es decir, la dimensión en la cual cuerpo y espíritu se entrelazan y
sobre la cual, por tanto, se puede y se debe actuar para progresar en el camino
espiritual. La relación entre mujeres y hombres, por consiguiente, no es un
terreno de reflexión sólo para los moralistas y los médicos, sino también para
los teólogos. Por lo demás, no podía ser de otra manera, si se tiene presente
que el amor es el centro de toda la enseñanza de Jesús.
En este
marco, el matrimonio constituye una especie de primera experiencia del amor que
une a todo ser humano con Dios, pues es en la experiencia del amor –de la cual
forma parte también la pasión sexual– donde el individuo adquiere, sin
necesidad de una mediación discursiva o lógica, un saber esencial, el del
sacrificio y del don de sí. De hecho, sólo separándose de sí, renunciando a sí
mismo, poniendo el propio destino en las manos de otro, abandonándose al otro,
el sujeto puede dar un sentido a su existencia. La relación de pareja se
transforma así, con el cristianismo, de evento natural y social en vínculo
sagrado
Ya antes de
ser elegido Papa Benedicto XVI, se distanció del proceso de emancipación
femenina occidental centrado en la separación entre sexualidad y reproducción,
denunciando en repetidas ocasiones la crisis moral que atraviesa la
civilización de Occidente, viendo precisamente en esto una de las razones
principales de esta decadencia.
La
sexualidad separada de la reproducción se ha convertido en un «derecho»
imprescindible «En la cultura del mundo “desarrollado” se ha destruido, en
primer lugar, el vínculo entre sexualidad y matrimonio indisoluble. Separado
del matrimonio, el sexo ha quedado fuera de órbita y se ha encontrado privado
de puntos de referencia: se ha convertido en una especie de mina flotante, en
un problema y, al mismo tiempo, en un poder omnipresente. (...) Consumada la
separación entre sexualidad y matrimonio, la sexualidad se ha separado también
de la procreación. El movimiento ha terminado por desandar el camino en sentido
inverso: es decir, procreación sin sexualidad». En suma, estamos pagando «los
efectos de una sexualidad sin ligazón alguna con el matrimonio y la
procreación. La consecuencia lógica es que toda forma de sexualidad es
igualmente válida y, por consiguiente, igualmente digna»….
Siendo
cardenal el Papa dedicó en 2004 a este tema uno de sus últimos documentos como
prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe: una carta a los obispos
católicos «sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo»,
donde afirma que la diferencia de los sexos es un don divino, fértil de frutos
positivos en todo sentido, y reafirma el pensamiento de la Iglesia sobre la
necesidad de una igualdad de derechos y de dignidad entre mujeres y hombres,
pero que no llegue a uniformar totalmente los papeles. Resultado que, en la
cultura progresista occidental, lleva a negar incluso la diferencia entre
mujeres y hombres, cancelando en sustancia el papel femenino, y por tanto la
maternidad, a través de la sustitución de la definición biológica con un
concepto abstracto: el género, con el que se quiere considerar libre de la realidad
biológica del cuerpo para permitir la definición de la identidad sexual sólo
desde el punto de vista cultural. Una propuesta que, aun rechazada por la
asamblea de las Naciones Unidas de Pekín en 1995, ha encontrado ecos positivos
en Occidente y ha quedado incluso recogida, por ejemplo, en la reciente
legislación española (las leyes sociales de Zapatero).
Respecto a
esta deriva de los derechos típica de cierta cultura progresista occidental, el
Papa se ha distanciado netamente, y de este modo ha abierto una posibilidad de
confrontación positiva con las demás culturas vinculadas a otras inspiraciones
religiosas que –arraigadas como están en la realidad natural y en una ética
familiar también a menudo diversa de la cristiana– ven sin embargo con
preocupación este proceso actual en los países occidentales. Por consiguiente,
en este terreno la confrontación se vuelve más positiva y, en cierto aspecto,
más fácil, aunque no conviene olvidar que Benedicto XVI no deja de lado el
problema del reconocimiento de la dignidad de la mujer, subrayando que
constituye uno de los fundamentos de la tradición cristiana. Lo recordó en su
primera encíclica, “Deus caritas est”, donde afronta el tema que hoy es objeto
de una de las fracturas más graves entre el pensamiento católico y la
modernidad, es decir, la relación amorosa entre un hombre y una mujer.
Además hay
hoy dia un modo de pensar muy difundido en las sociedades occidentales, en el
que la Iglesia aparece como una institución que dice siempre no a las aperturas
propuestas por la sociedad laica en este ámbito –desde el uso de
anticonceptivos artificiales hasta el aborto, desde el amor libre hasta el
divorcio, e incluso hasta la aceptación de la homosexualidad como algo normal–
pero que luego no tendría mucho que proponer a cambio de estos rechazos. Una
institución, la de la Iglesia católica, compuesta en su mayoría por hombres
célibes que se permiten hablar de algo que no conocen, y entrar en un campo,
precisamente el de la vida sexual entre hombres y mujeres, en el que no
deberían meterse.
El Papa en cambio, con sus palabras
netas y serenas, recuerda que la Iglesia tiene algo que decir en este ámbito,
porque en la tradición cristiana la sexualidad no sólo se ve como un aspecto de
la naturaleza humana, sino también como el nudo fundamental de la vida, es
decir, la dimensión en la cual cuerpo y espíritu se entrelazan y sobre la cual,
por tanto, se puede y se debe actuar para progresar en el camino espiritual. La
relación entre mujeres y hombres, por consiguiente, no es un terreno de
reflexión sólo para los moralistas y los médicos, sino también para los
teólogos. Por lo demás, no podía ser de otra manera, si se tiene presente que
el amor es el centro de toda la enseñanza de Jesús.
En este
marco, el matrimonio constituye una especie de primera experiencia del amor que
une a todo ser humano con Dios, pues es en la experiencia del amor –de la cual
forma parte también la pasión sexual– donde el individuo adquiere, sin
necesidad de una mediación discursiva o lógica, un saber esencial, el del
sacrificio y del don de sí. De hecho, sólo separándose de sí, renunciando a sí
mismo, poniendo el propio destino en las manos de otro, abandonándose al otro,
el sujeto puede dar un sentido a su existencia. La relación de pareja se
transforma así, con el cristianismo, de evento natural y social en vínculo
sagrado. Por lo demás, ya en el libro “la Introducción al cristianismo”, habla
de «la lucha por la verdadera imagen del amor humano en contra de la falsa
adoración del sexo y del eros, de los que nació y nace una esclavitud de la
humanidad que no es menor que la que origina el abuso del poder»
Esta
transformación del modo de concebir el acto sexual queda bien explicada con los
teólogos medievales que identificaron los fines del matrimonio. Estos tres
pilares en los que se apoya el matrimonio cristiano son: el fin de constituir
una familia dirigida al futuro a través de la procreación; la fidelidad
recíproca, que significa también, en sentido más profundo, poder ayudarse uno a
otro en las vicisitudes de la vida; y, por último, sobre todo, el sacramento
como misteriosa presencia de Dios que ayuda a los cónyuges a realizar todo lo
bueno que puede derivar de la relación de amor entre una mujer y un hombre,
imperfectos y débiles como son todos los seres humanos.
La idea de
que liberar a los seres humanos de toda prohibición en el comportamiento sexual
abriría las puertas a la felicidad y a la concordia entre los seres humanos
–como quería el eslogan «haz el amor, no la guerra» ha sido una utopía
desmentida por el aumento del número de divorcios, por los problemas de las
familias desintegradas y por el destino de los hijos.
Se
ha intentado quitar del matrimonio todo lo que constituía renuncia y
sacrificio, todo lo que parecía incompatible con el proyecto de realización
individual, y se lo ha destruido, o al menos se lo ha vaciado de su verdadero
significado. En este contexto, con su primera encíclica, Benedicto XVI recuerda
con fuerza la riqueza del matrimonio cristiano tanto para la cultura occidental
secularizada como a las demás culturas: lo cual demuestra que un tema teológico
como el amor y el matrimonio se puede abordar en un diálogo cultural, en una
confrontación no ideológica sino vinculada a la realidad de vida de las
personas, a la realidad de vida diaria donde se experimentan las convivencias
posibles entre tradiciones culturales distintas.
Etiquetas:
Encontrar a Dios,
Familia hoy,
Jovenes,
Papa Benedicto XVI,
Sociedad de hoy
domingo, 22 de abril de 2012
-Poner la Misericordia en acción
Poner la Misericordia en acción
El mensaje de Misericordia es que Dios nos ama -a todos-, no
importa cuán grande sean nuestras faltas. ¡Cuántas veces nos cuesta entender
este amor misericordioso, y pensamos que un amor así es imposible! Sin embargo,
Él quiere que reconozcamos que Su misericordia es más grande que nuestros
pecados, para que nos acerquemos a Él con confianza, para que recibamos su
Misericordia y la dejemos derramar sobre otros, de tal manera de que todos
participemos de Su gozo.
Es una espiritualidad muy consoladora, porque en momentos de
fuerte conmoción espiritual, sea por un grave problema o por la clara
conciencia de nuestros pecados, o bien por cualquier otro motivo, nos recuerda
el amor infinito que Dios nos tiene y con el que nos acoge cuando nos volvemos
a Él. Como dijo Jesús a santa Faustina Kowalska, «mi corazón es la misericordia
misma. Ningún alma que se haya acercado a Mí se ha retirado sin consuelo».
Esta devoción requiere de una total entrega a Dios. ¿Cómo
alcanzar esta Misericodia? Pide Su misericordia: Dios quiere que nos acerquemos
a Él por medio de la oración constante, arrepentidos de nuestros pecados y
pidiéndole que derrame Su misericordia sobre nosotros y sobre el mundo entero.
Sé misericordioso: Dios quiere que recibamos Su misericordia y que, por medio
de nosotros, se derrame sobre los demás. Confía completamente en Jesús: Dios
nos deja saber que las gracias de Su misericordia dependen de nuestra
confianza. Mientras más confiemos en Jesús, más recibiremos.
Las prácticas devocionales reveladas a santa Faustina
Kowalska nos fueron dadas como instrumentos de misericordia, por medio de los
cuales el amor de Dios es derramado sobre todo el mundo, pero no son
suficientes por sí solas. No es suficiente que nosotros colguemos la imagen de
la Divina Misericordia en nuestros hogares, que recemos la coronilla de la
Divina Misericordia todos los días a las 3 de la tarde, y recibamos la Comunión
el domingo después de la Pascua -en este día se puede obtener la indulgencia
plenaria, en las condiciones acostumbradas-. Nosotros también debemos
mostrarnos misericordiosos con nuestro prójimo. ¡Poner la Misericordia en
acción no es una opción de la devoción a la Divina Misericordia, sino un
requisito!
¿Cómo irradiamos la misericordia de Dios a nuestro prójimo?
Por medio de nuestras acciones, palabras y oraciones. «En estas tres formas -Él
le dice a sor Faustina- está contenida la plenitud de la misericordia». Todos
hemos sido llamados a practicar estas tres formas de misericordia, pero no todos
somos llamados de la misma manera. Tenemos que preguntarle al Señor, Quien
comprende nuestras personalidades individuales y nuestra situación, que nos
ayude a reconocer las diversas formas con que podemos poner en práctica Su
misericordia en nuestra vida diaria.
Pidiendo la misericordia de nuestro Señor, confiando en Su
misericordia, y viviendo como personas misericordiosas, nos podemos asegurar
que nunca escucharemos decir: Sus corazones están lejos de mí, sino más bien la
hermosa promesa de Bienaventurados los misericordiosos, ya que ellos obtendrán
Misericordia.
Carmen
Calvo
Etiquetas:
Dios nos ama,
Encontrar a Dios,
Evangelización,
Sociedad de hoy
Suscribirse a:
Entradas (Atom)